He visto una gota de Rocío…

Y otra gota de Aurora…

Y vi entre tus dedos las pausas

que la música escribe en los pentagramas

de tu cabello.

La cigüeña me lleva hacia el Sol.

Dice que he nacido. Entre blancos y celestes

Estrujo nubes y es Rocío, Aurora…

 Y mojo campos y tejados y sombreros.

La gente venía de todos lados,

miraban con sus ojos inquietos la noche

vecina de tus párpados cerrados.

Cuando te sentaste en el trono, las olas te saludaban  

incesantemente… olas y holas y olas y más holas…

Tus gafas improvisaron una puesta de sol. Y yo, animado

por tu rareza, hice una puesta en escena… era solomillo,

puesto en la cena.

 

Rocío me enseñó su gota, era una auténtica gota de Rocío…

lo llamaba Lluvia Primera. Y era la primera gota de lluvia

que tocara el mundo primigenio.

Nunca antes, agua alguna había sido vertida en los campos…

todo lo más fueron imaginaciones muy bien elaboradas

y sucedáneos de aguas, lluvias y relentes.

 

Aurora abrió los ojos y vimos amanecer. Ella se desnudó

y sin demorarse, cambió sus hábitos por otros dorados.

Nos quedamos encantados con sus formas femeninas

que elevaron mis ganas de poseerla sin disimulo

en mi entrepierna.

Me ruboricé y advertí que a todos se nos reflejaban

los rayos de Aurora en el rostro.

 

Me sentí aliviado, pero no por ello menos excitado.

Alguien gritó ¡nieve, nieve!, significando que era el momento

de que yo volcara mis jugos inmaculados sobre la faz

de la Tierra.

 

Ninfas y Espérides solícitas aterrizaron en mi entrepierna

ávidas de nieve sin mancillar. La primera nieve que nieva

en la Tierra, abierta y hambrienta de juegos de jugos.

Y la Vida surgió entre bostezos y amaneceres.