Entre los arrumacos, se coló una brisa.

La brisa era suave y aromática,
como suspiro de naranjo.
Yo me ví envuelto entre sábanas de lino,
suaves como nubes, flotando y girando
despacio.
Un satélite de ilusiones mirarte
desde todos los ángulos.
No mareaba mi vuelo,
sino tu escote.
Encontré precioso el lunar de tu pecho izquierdo,
asomado insolente a la luz.
Te quise besar. Y sólo conseguí darte
un cabezazo.
Me dejé flotar como una pompa de jabón.
Y suspiraste. Y yo me ví lanzado hacia la ventana.
El aire me devolvió a tu vera.
Y me asusté de veras, Vera.
Pero repuesto del infortunio
de volar lejos de tí... giro
en tu derredor.
Sólo veo las cosas del revés cuando te miro.
Luego permacen todas en su sitio y tú
del revés. Patas arriba. No veo tus bragas.
Pero tu cabello cae hacia abajo. Tu falda larga, no.
¿Por qué produces tan desagradable magia?
Me haces rabiar... hasta tu blusa me muestra el ombligo.
Y tu falda no cae.
¿Es de plomo tu falda? ¿Tus bragas de metal?
Hay un imán en tus piernas?
Yo me acerqué tanto que casi rozo tus sienes.
Y sin sentido vuelvo a cabecearte.
Me dijiste que de seguir así, me ibas a torear...
que a ese paso, una manuelina no faltará...
pero que me olvide de los pases de pecho,
que sabes que me agarraría a ellos como un catarro.
Pero qué malísima que eres...me haces rabiar 
y te ríes de mí.
Pero qué cálido es tu abrazo, tu piel,
tu simpatía y tu beso.
¿Por qué te amo tanto y me haces flotar a tu lado?
Yo no quiero nacer nunca y estar así, contigo, en este
limbo infinito y eterno, donde jugamos como niños.